Lo más hermoso y bello de mi vida

Apenas lo vio venir hacia él, le llamó la atención una cosa, su sonrisa. Brillaba como un sol entre medio de los que iban y venían por esa vereda del centro.

Así que, en cuando tuvo frente a sí a ese amigo que no veía hace tiempo, lo primero que le preguntó fue acerca del por qué de “esa” sonrisa. -Mirá, aunque te cueste creerlo-, comenzó a responderle el amigo, -me tragué una canción ¿No sabés? La tenía aquí, vibrando en el centro de mi panza. En verdad, no sé si era linda o fea. Pero era una canción. Y, por sobre todo, era la primera vez que me sucedía.

En lo que llevo de vida, muchas se me han quedado pegadas en mis labios. Son esas canciones que uno no puede dejar de tararear o silbar. Pero esto, jamás me había pasado. Lo cierto es que así, sin más, sin siquiera esperarlo, me devoré aquel día esa canción. Fue una mañana. Era muy temprano. El sol apenas despuntaba mientras cruzaba el Parque Lezama en dirección al trabajo con mi mente puesta en el proyecto que debía entregar antes de las diez. Caminaba apurado. No me faltaba mucho para terminar. Pero, el simple hecho de pensar en el arquitecto y sus manías, imprimían a mí andar una bronca que sólo podía manifestar así: caminando rápido, con tranco largo, y mi boca balbuceando insultos al aire. Creo que fue esa la razón.

De haber ido con más calma, no hubiera ocurrido. Seguramente hubiese prestado atención a ese sonido que jugueteaba entre los árboles. A esa melodía que por un momento puso en mi mente absorta un nombre, Piazzolla. Claro que yo ni le presté atención. En todo caso estaba más atento al Fernández Mallo. El apellido del arquitecto hincha pelotas con quien tendría que reunirme en un par de horas. Aunque hincha pelotas no era el adjetivo. El mejor era pelotudo. -¡Eso, pelotudo!-me decía a mí mismo mientras apuraba el paso camino al estudio sin prestarle atención ni a Piazzolla ni a esa melodía que cada vez sonaba más fuerte, más cercana.

Hasta que de pronto, creo que cuando gritaba a los cuatro vientos “¡Fernández Mallo y la reputaquetereparió!”, se me metieron todas esas notas por mi bocota abierta. Así, fueron pasando por mi garganta, mi esófago y luego mi estómago, los sonidos de un piano, un violín, un chelo, y un bandoneón. Aunque en realidad, tampoco estaba muy seguro de precisar qué instrumentos sonaban en mi barriga. Mi sorpresa era tal, que lo que menos podía ocurrírseme, era ponerme a definir cuántos y qué instrumentos sonaban. De lo que sí estaba seguro, era de que, lo que escuchaba en mi panza, era una canción. Lo que sí hice, fue detener mi paso. Luego, como un loco que busca un ovni, comencé a girar sobre mí mismo con la mirada puesta en todos y cada uno de los edificios que rodeaban el parque. No sabía de dónde, ni de cuál, pero estaba seguro de que la canción se le había escapado por la ventana a algún trasnochado compositor.

Así, me la pasé no sé cuánto tiempo girando y girando. Esperando ver al tipo asomado a la ventana y llamando a su canción a los gritos con frases tipo “vení cancioncita, vení. Ya sé que ese acorde no te gusta, pero vení que te lo cambió”, o alguna otra propia de algún músico engreído, “¡Vení para acá carajo!¿Quién mierda te creés que sos? Vos sos una creación mía ¿entendés?”. Después de esto, fuera cual fuese la frase, yo le pegaba un grito al músico avisándole que su canción estaba en mi…

Y ahí, paré de girar sobre mí mismo ¿cómo mierda iba a hacer para explicarle que su canción estaba metida en mi estómago, que me la había tragado? Fue entonces, a la par de estas preguntas, que recordé a Fernández Mallo y la entrega. Sin más, con la canción resonando en mis entrañas, me dirigí rápido al trabajo. Una vez frente a mi tablero, fui trazando las líneas finales del ante proyecto. Creo que dibujé, como jamás lo había hecho en mi vida. Mano y pluma, se deslizaban al compás de esa música que vibraba dentro mío como si fuesen un bailarín clásico. Mi rostro, era una completa sonrisa. La misma que me acompañó todo el tiempo.

Desde que despegué el plano del tablero, lo guardé en la planera, y me encaminé a tomar el taxi. Así, con esa sonrisa, entré en el estudio de Fernández Mallo. Lo saludé sin perderla, mientras observaba su cara de asombro ante mi actitud relajada, gozosa. La misma que conservé mientras lo veía extraer el plano, lo extendía sobre su tablero, y comenzaba a buscarle puntillosamente algún error, algún defecto. De cuando en cuando, con su mismo gesto de sorpresa, levantaba la cabeza para escudriñar mi rostro: mi sonrisa seguía ahí. Lo mismo que la canción que, poco a poco, iba siendo digerida por mi cuerpo. Creo que hasta podía sentir cómo mis intestinos iban extrayendo el dulce alimento de esas notas. Cómo esa melodía-que no tenía letra- iba vibrando por mis vísceras al ritmo de los acordes que la acompañaban por detrás.

Así, mientras el rompe bolas de Fernández Mallo iba marcando impunemente mi dibujo; me entregué totalmente a ponerle letra a esa melodía. De ese modo, el momento pendulaba entre lo externo y lo interno: una marca de Fernández Mallo en el plano- afuera-; una palabra tarareada en mi mente-adentro-. De pronto, cuando el pelotudo terminó con sus marcas, se largó con una de sus acostumbradas peroratas sobre el tipo de arquitectura que él pretendía.

Así, el tiempo siguió pendulando. Sólo que, ahora, cuando Fernández parloteaba, mis entrañas digerían. De repente, cuando el arquitecto se cansó de mi silencio y de mi sonrisa, me increpó a los gritos: -¡¿Qué, se piensa quedar así todo el tiempo?!¡Diga algo, qué mierda!

Creo que cuando los primeros acordes del piano comenzaron a sonar, Fernández se sorprendió. Después, cuando el resto de los instrumentos se acoplaron, se desconcertó. Luego, cuando la melodía, acompañada por la letra que yo había pensado, se hizo escuchar, no entendió más nada.
Aun después de cerrar la puerta y de encaminarme a la salida, podía escucharla: “Fernández/Mallo/ Andáte al carajo”, “Mallo/Fernández/un pelotudo grande”. Allí, sin que el hincha pelotas del arquitecto pudiese entenderlo, la canción que me había tragado sonaba libre en medio de su estudio. La sonrisa, aun me dura. Fue el momento más hermoso y bello de mi vida.

Acerca de Oscar Posedente 3018 Articles
Periodista, locutor, actor y editor de Semanario Argentino y de Radio A de Miami. Director de Diario Sur Digital.

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