El anuncio

Desde el televisor de la cocina, se escuchan los distintos guarimos de las PASO. En el del comedor donde está él, el de Marley, pero puesto en “Mute”: el tipo tiene el ceño semifruncido, los ojos entrecerrados, y el labio inferior apenas encimado por sobre el superior: está pensando. Cada unos de los gestos de su rostro tratan de ayudar a su cerebro. Ahí, adentro del marote, su máquina de pensar, intenta procesar la información que ha reunido. Como el tipo es argentino, los datos recabados son constantemente contrastados con situaciones parecidas por las que tuvo que atravesar desde que, a los 20 años, votó por primera vez en los tiempos de la joven democracia.

Mientras recuerda su primer voto, en el ’83 tenía 20 años, junto al “con la democracia se come, se cura, se educa”, se le cruza el “se fifa”, frase que solía susurrarle a su novia de aquel entonces, cada vez que asistían a los actos de campaña del Alfonso.

Se llamaba Miriam, y la había conocido en la casa de una amiga del laburo, Marcela, que lo había invitado para su cumpleaños. Había ido solo y exceptuando a otra compañera de trabajo, no conocía a nadie. Así que mientras se prendía a los sanguches de miga y a los “chips”, iba pispeando el ambiente. Eran unos 15 invitados, entre minas y flacos, la mayoría de veintipico y con un único tema de conversación, las próximas elecciones.
En el Grabador, un “Pionner” doble cassettera de los que habían entrado con la “tablita” de Martinez de Hoz, sonaban la “Negra” Sosa, Victor Heredia, y León Gieco. Él era fana de “The Police” y “The Cure” y ni en pedo la iba con la música nacional, pero cuando una colorada que tendría unos cien de corpiño, se puso a revisar unos cassettes en una caja que había a su lado y le preguntó si le gustaba “Silvio Rodríguez, él respondió que sí. La pelirroja puso el cassette en el grabador, tomó un vaso de tinto de arriba de la mesa y se le sentó al lado.

Lo primero que hizo fue preguntarle por quién iba a votar. Él, mientras le miraba las dos “Firestone”, le respondió que todavía no sabía, acompañado de un “¿y vos?”. -A Alfonsín- le contestó la dueña de la gomería. -¡Ah, sos radical!- respondió él tratando de mirarla a la cara. No, soy del “MAS”. –¿Y por qué no votas a Zamora?- le preguntó tratando de entender. – Porque ni en pedo va a ganar. Para mi gana Alfonsín.

Él sonrió, y mientras “Silvio” soñaba con serpientes, él lo hacía con los pechos de la colorada. El final de la noche los encontró en el departamento de ella, vivía sola, tenía 25 años, era de Pergamino y había venido a Bs. As. a estudiar sociología.
El viejo, según ella, un burgués de porquería, le bancaba la carrera.
En los meses siguientes, la “Firestone”, así la llamaba él cuando estaba con los pibes del barrio, lo paseó por recitales en tugurios de cuarta, obras de teatro en lugares ídem, actos políticos y, por sobretodo, le dio clases intensivas de “Kamasutra”. Y aunque estas no fueran muy ortodoxas, si había algo que tenían, era cama.

Durante los meses que duró la historia, “The Police” y “The Cure” quedaron reservados a su cuarto, el único lugar seguro en el que podía entregarse a su verdadera identidad, ya que la “Colorada” jamás pisó su casa.
Para un pibe de Parque Patricios, como él, hijo de padres hijos de tanos, para los que el sentido de la vida era laburar, cuidar el laburo, y casarse con una chica de “su casa”, la pechugona no encajaba “ni ahí”.

Además, si su madre se enteraba de que, su “nene,” salía con una mujer mayor que él, que vivía sola, y que, además, estaba llena de ideas extrañas, lo primero que haría era poner el grito en el cielo invocando a la Virgen y a todos los santos, lo segundo, cagarlo a palos.

Si el que se enteraba era su viejo, lo de la edad de la mina sería lo de menos, lo peor serían las ideas políticas y, además, de izquierda. Para el padre, la política era una pérdida de tiempo, el plan que tenía para él desde que se había recibido de Perito Mercantil, era hacerlo entrar en el banco donde laburaba desde los 18 años.

Ahí iba a tener un trabajo seguro, un buen sueldo, e iba a poder ahorrar lo suficiente como para comprarse lo más importante: el techo. Si el viejo se enteraba de lo de la “Colo”, sería como si él, de golpe y porrazo, se gastase el sueldo en putas y joda, lo primero que haría sería cagarlo a palos, lo segundo, también. Por todo eso, durante los meses que duró lo de la mina, tuvo siempre como una voz interior que le decía “¿te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿te parece que tus padres se merecen esto?”.

Esa pequeña vocesita se encargó de joderle la vida, y aunque cuando la “Firestone” lo revolcaba de arriba abajo en la “catrera” solía mandarla al carajo y olvidarse de ella, la muy turra se le aparecía justo al entrar a casa en el momento que su madre le decía “hola hijito, cómo estás mi santo”.
Por eso, cuando la “Colorada” le propuso que se fuera a vivir con ella “sin compromiso, entendés. Se trata de que vivamos esto hasta cuando de, nada de casarnos ni algo por el estilo”, él hizo lo que quería… su papá y su mamá: tomarse el raje. Jamás la volvió a ver, ni siquiera a atenderla al teléfono.

-¿Y papá, qué pensás?-, al otro lado de la mesa de la cocina, su hijo, de 17 años, está esperando una respuesta. Hace un instante le pidió su opinión sobre algo que le ocurrió en la “nocturna”: hay una compañera que está muerta con él, es hermosa, pero tiene 27 años.
-¿Y pa?-, repregunta el pibe, ansioso por la respuesta.
-Pegale pa’delante. Si te gusta, dale nomás-, le contesta el tipo aprobando a su hijo.
-¿ Y mamá, qué va a decir?
-Por tu madre no te preocupes, yo me encargo.
El pibe se para, le da un abrazo al padre y se va corriendo.
El tipo sabe que en un rato, los gritos de su mujer le harán acordar a su madre, pero no le importa.

Lo único importante, es que a su hijo no le quede para siempre una pregunta por responderse: qué hubiera pasado si se hubiese animado.

Mientras se prepara unos mates, el tipo piensa que, en algún lugar del planeta, hay una pelirroja de 50 largos que ni se acuerda de él, y aunque a esta altura, a las “Firestone” las tenga medio desinfladas, a él no le importa: jamás la pudo olvidar.

A las voces de su conciencia, las sigue escuchando, pero de vez en cuando, solo en los momentos en que le dan ganas de renunciar y mandar al Banco a la mierda.

Acerca de Oscar Posedente 3211 Articles
Periodista, locutor, actor y editor de Semanario Argentino y de Radio A de Miami. Director de Diario Sur Digital.

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