Murió Pablo Cedrón: su desconocida y difícil historia de vida

Exiliado en Europa durante la dictadura, el actor admitía que "el hambre y la soledad" habían atravesado sus primeros años.

Esa sabiduría callejera que lo diferenciaba de tantos otros actores la había adquirido en sus primeros 30 años. A los 12 años ya trabajaba de albañil y, apenas unos años después, cocinaba en restaurantes y se movía como experto en aserraderos. Hasta fue guía de turismo en montañas, en el Parque Nacional Los Glaciares. “Me seducen las situaciones adversas, soy amante de las causas perdidas”, admitía Pablo Cedrón, tímido, en sus primeras entrevistas, cuando el programa de Nicolás Repetto lo lanzaba hacia “los perros salvajes de la fama”.

Para hablar de su pasado usaba insistentemente la palabra “malaria”. Y es que “la soledad y el hambre” habían sido protagonistas de su historia de vida. Sobrino del músico Tata Cedrón e hijo de un escultor y pintor que vivía en Portugal, la dictadura militar había obligado a la familia al exilio. “De chico tuve que acostumbrarme a laburar de lo que fuera, porque en casa no había un mango”, confesaba. “Yo conocí la soledad y el hambre. Por mucho tiempo no tuve vínculo con mi padre. Del albañil infantil que fui creo que saqué algunos giros de los paraguayos que después utilicé en el personaje del sexólogo. Y en Europa hice de todo: repartía volantes, limpiaba, vendía los discos de mi tío, cuidé chicos. Estuve muchos años en Francia. Como no tenía parientes pudientes, me tenía que arreglar solo”.

Como dividido, “nunca insertado totalmente en el mundo”, explicaba que en Francia no había logrado jamás “los papeles en regla, porque no había plata familiar en el banco ni había posibilidad de estudiar en la universidad con apenas la escuela primaria hecha”. Su “fastidio”, entonces, era eterno. “No estaba insertado acá cuando me fui, y allá tampoco. Fueron muchos años de estar apartado. Y hoy a veces sigo trabajando de otra cosa. Porque hay períodos en que no tengo laburo de actor y hago otros rubros. Herrería, carpintería, pintar piletas de natación”.

 

“La adversidad tiene algo como masculino… algo de la dignidad que me atrae. Todo eso debe venir de mis ancestros del siglo pasado”, deducía. “Los Cedrón eran muy heroicos. Lucharon contra los Estados Unidos por la posesión de Cuba. Todos somos hoy muy dramáticos, muy desbordados, muy de pelear, pero nos unimos en situaciones como conseguir un abogado para sacar a uno de los nuestros de la comisaría”, se reía.

La versatilidad laboral lo enfrentaba a la “contradicción”: “Casi se siempre me sentí ajeno, marginal a mis distintos oficios. Pero no querría volver jamás a eso de ser modelo publicitario. Eso de posar vestido con esmoquin, manejando un descapotable, tomando licores o fumando junto a mujeres espléndidas me enfrentaba a una enorme fractura. Porque, a veces, al llegar a mi casa me encontraba con las cuentas impagas. O teniendo que retomar mi trabajo de albañil. Como la carroza y los caballos de Cenicienta, que a la mañana recuperan su verdadera condición de calabaza y ratones”.

Su profundidad durante las entrevistas era habitual, un condimento que lo clasificaba como rara avis del medio. “Esa necesidad de seducir que tiene el ser humano me perturba. Lo descubrí cuando empecé a salir con chicas. Sentía una profunda lástima sobre mí mismo. Porque uno se pone ropa especial, se peina, gesticula para gustar. Una prueba de qué pobres somos: tenemos que engañar para que nos quieran”.

La publicidad que hizo famoso a Pablo Cedrón junto a Araceli Gonzalez

Marplatense, padre de Santiago, guionista además de actor (murió ayer, a los 59 años, en el sanatorio de La Providencia), los más de 100 personajes que regaló entre el cine (“Felicidades”, “El aura”, “El otro hermano”) y la TV (“Cha cha cha”, Campeones, “Sos mi hombre”) no eran más que fragmentos bien ensamblados y reeditados de una biografía intensa y aventurera. “Me siento insertado en el mundo cada vez que tengo trabajo, me encariño con la gente, pero después eso se corta y desaparece todo vínculo y vuelvo a ser esa persona un poco desorientada, esa persona que no se halla en ningún lado”.

 

GG

 

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