Pronóstico

“…Se esperan fuertes vientos del sector sudeste y chaparrones para los próximos tres días, por lo que se ha declarado alerta meteorológica. Seguiremos informando, aquí, por la “92 RPM” de tu dial, desde Avellaneda, sur de Bs. As., Argentina”

“Cacho” apagó la radio y revisó los cajones de la cocina: hacían falta velas, yerba, azúcar, y demás provisiones para estar prevenido. Escribió la lista, guardó el anotador y la birome en el cajón correspondiente y sin perder un minuto salió a comprar. Quienes vivían en zona inundable como él, sabían por experiencia que ante la amenaza de un temporal cada minuto contaba. Camino al almacén se cruzó con la vecina.
—Parece que viene brava la mano, ¿eh, doña María? —. La mujer, con muchos más años que él, miró hacia el cielo con gesto de preocupación.

—Parece que sí, por como viene el cielo y por mis huesos, creo que la vamos a pasar en el colegio.
—Ojalá que no. Estoy cansado de dormir en la escuela cada vez que caen cuatro gotas —.
Doña María sonrió. Mientras lo veía perderse camino al almacén, pensó que Cacho no tenía problemas. Soltero, con cincuenta y pico de años y el trabajo en la fábrica, no tenía problemas.

En cambio, ella, con casi 70, su marido de 74, una jubilación mínima y una casa que se caía a pedazos, qué podían esperar ante cada temporal.

Cacho entró al almacén sin dejar de pensar en el gesto de doña María: “Si la vieja decía que terminarían evacuados, seguro que la pegaba”. Un rictus de amargura se dibujó en su rostro, no había lugar en donde sintiese más el peso de la soledad que cuando terminaba refugiado en el colegio. Con 57 años, hijo mayor de padres gallegos, no había hecho otra cosa que yugarla junto al viejo hasta que este murió, para después hacerse cargo de la vieja y de sus hermanitos. Con el tiempo, vio como sus hermanos hicieron su vida mientras él se quedó cuidando a la vieja hasta que murió. Cuando se quiso acordar, la estación del amor se le pasó de largo: una morochita de Berazategui que se cansó de esperar.
—No hay paraguas ni piloto pa’mi alma. Mi corazón está hecho sopa, no hay amor que lo proteja —, le decía Cacho a los muchachos del club, cuando le preguntaban si había enganchado algo.
Por eso, refugiarse en la escuela le dolía tanto.

No por vivir en un barrio pobre, sino porque en esos momentos, estaba rodeado por aquello que no había podido tener: allí, los padres con sus hijos, amuchaditos sobre mantas y colchones, se refugiaban en lo esencial, la familia. Contra los deseos de Cacho, la predicción de doña María se cumplió: los siguientes 3 días con sus noches, Cacho, y los vecinos del barrio bajo tuvieron que refugiarse en el colegio.

Él, como siempre, se la pasó ayudando. Repartiendo el guiso, acomodando colchones y frazadas, descargando provisiones, Cacho podía, así, unir su corazón a esa gran familia, el barrio.Los desamparados del alma, como él, solo encontraban refugio en la sonrisa de los demás.

— Que no haya tenido suerte en el amor, no quiere decir que tenga que ser un mal tipo —, decía Cacho cada vez que le agradecían lo bueno que era.
Como en un domingo de “resurrección”, al tercer día bajaron las aguas y un sol gordo y grandote comenzó a calentar el barrio.
— ¡Chau Cacho, gracias por todo! —, le dijo uno de los últimos vecinos al salir del colegio para volver a su casa. Cacho le sonrió, terminó de ayudar a los de Defensa Civil, se despidió con una mirada del salón de actos hasta el próximo temporal y salió.

Las espaldas de los últimos en volver se perdían calle abajo mientras Cacho, parado en medio del asfalto, se dejaba abrigar por el sol de mayo. Después, metió la mano en la campera, sacó un cigarrillo, lo encendió y enfiló para su casa. Mientras lo hacía, primero amagó un silbido, luego, arrancó con un tanguito: “sueño querido de mi loca y tierna juventud…”
Cuando la vio, cuando se dio cuenta, Cacho se sintió morir de vergüenza: ahí, apoyada sobre el balcón, la Tanita de la casa de altos lo estaba mirando mientras él cantaba a los gritos como un pelotudo.

— Debía parecer un idiota, ¿no? —, le preguntó él desde abajo.
— No —, le contestó ella desde arriba.

— Además, después de 3 días encerrada acá arriba, escuchar a alguien cantar te pone de bien.
Así, con un pie en el asfalto y el otro en el cordón, Cacho se quedó hablando con la “Tanita” de la casa de altos: 53 pirulos, rubia natural y con toda una vida atendiendo la verdulería de su padre, el tano don Vicente.
Cuando se quisieron acordar, eran las 11 de la mañana, buena hora para tomar unos mates.

Mientras se desataba el delantal y bajaba apurada las escaleras para abrirle, ella y él, parado al otro lado de la puerta, comenzaron a sentir que algo nuevo pero esperado empezaba a refugiarlos.

— La verdad…los dos se lo merecen —, me dijo doña María, luego de contarme lo de Cacho y la “Tanita”.
Yo sentí que los dos habían “salvado para todos los compañeros”: esos personajes a los que, desde que éramos pibes, vimos como el amor les jugó siempre a las “escondidas”.
“…Se esperan fuetes vientos del sector sudeste, chaparrones para los próximos tres días, por lo que se ha declarado alerta meteorológica. Seguiremos informando, aquí, por la “92 RPM” de tu dial, desde Avellaneda, sur de Bs. As., Argentina”
Doña María apagó la radio y revisó los cajones de la cocina. Cacho y la Tanita, no.

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Acerca de Ricky Veiga 52 Articles
Escritor, guionista, productor de Radio y TV.

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