Silvina Luna: Doloroso adiós, flores sin remitente y la crónica más angustiosa de su partida

Silvina Luna: El doloroso adiós. Sus amigos más cercanos y el público que la acogió desde siempre dieron su último adiós a la modelo en una jornada desgarradora. Presentes, lágrimas y la tristeza más profunda, desde la sala funeraria al Cementerio de la Chacarita.

Laura sigue a Silvina Luna desde su irrupción en 2001 en Gran Hermano. Tenía su misma edad y quedó cautivada por su simpatía, su desenfado y su autenticidad para reírse de sí misma. Pero lo que realmente la conmovió fue conocer su lucha, su historia de vida convertida en libro, su deseo de que su sufrimiento no fuera en vano, que pudiera encontrar un significado valioso, aunque haya fallecido tan joven.

La madre de El Polaco fue al funeral de Silvina Luna: «Mi hijo está muy triste, la apreciaba mucho».

Mientras Laura habla frente al panteón de actores en el Cementerio de Chacarita, donde la modelo recibe su último adiós, un viento fuerte sacude los árboles y penetra hasta los huesos. «Es una señal», afirma Laura con convicción, mientras arropa a su sobrina para transmitirle energía. «Cuando mi padre falleció, estaba lloviendo, y desde entonces supe que todo sucede por una razón», añade. En su retiro, el viento empuja el cristal del jarrón que contenía las flores en la entrada del panteón, haciéndolo estallar. También tumba el atril que sostiene la imagen de Silvina, pero no lo daña. Rápidamente, se pone de pie de nuevo, imperturbable, observándonos a todos y regalándonos su última sonrisa.

Silvina Luna tuvo su despedida final en un amargo y frío día de septiembre que insistía en ser invierno. Parece increíble contar esta noticia, con la imagen fresca de su debut en Gran Hermano y su exitosa trayectoria en los medios, su simpatía que trascendió la pantalla y su lugar especial en el corazón del público. Incluso después de que se conociera su enfermedad, derivada de una mala praxis durante una operación con Aníbal Lotocki, y su hospitalización de casi tres meses en el Hospital Italiano, las cadenas de oración no cesaron hasta que su cuerpo finalmente se rindió, dando lugar a una crónica dolorosa, una de esas que es difícil de relatar.

La calle O’Higgins, en esta parte de Belgrano, tiene un aspecto peculiar. Las vías elevadas del Ferrocarril Mitre le otorgan una apariencia de calle sin salida, pero hoy, por la mañana, está particularmente animada. Aquí se lleva a cabo el velatorio íntimo de Silvina Luna, con solo unas horas para que sus seres más cercanos comiencen a despedirla, después de seis días de su fallecimiento, debido a la autopsia.

Las primeras imágenes, aunque previsibles, son desgarradoras. Alguien de manera silenciosa entrega un ramo de flores sin identificación ni explicación. Se asegura de que llegue a su destino a través de la puerta de la funeraria y se retira. Solo las personas autorizadas tienen acceso a la Sala Jardín, en la planta baja frente a la puerta de entrada, la única en servicio hoy. En el escritorio de recepción, junto a la foto de Silvina, un código QR invita a dejar un mensaje de condolencia a distancia, una forma de expresar los sentimientos en la era digital.

No más de veinte personas ingresan durante poco más de tres horas que duró el velatorio. Algunas caras conocidas, como Ximena Capristo, Gustavo Conti, Ángel de Brito y Pamela Sosa. Otras caras son desconocidas para el público en general. Y hoy todos forman parte de un grupo de afecto que apoya a Ezequiel, el hermano y apoyo de la modelo durante su hospitalización. Él deseaba que todo se desarrollara de esta manera, con respeto y sin alboroto. Pero el movimiento llama la atención del barrio, que momentáneamente adopta una imagen distinta a su apariencia habitual. Los vecinos pasan, miran y preguntan, y cuando se enteran de que es el último adiós a Silvina Luna, la curiosidad se transforma en tristeza. «Pobrecita, tan joven», comenta una señora, que detiene su carrito de compras para hacer el signo de la cruz antes de continuar su camino.

Minutos antes de las 12:30, el cortejo fúnebre se dirige al Cementerio de la Chacarita. Allí, el mausoleo de actores con sus puertas abiertas la espera, ahora sí, para el adiós final. Todo está dispuesto en forma de semicírculo, como si fuera el escenario de su última actuación. Las áreas están bien definidas, y una barrera separa a las cámaras de televisión, ubicadas frente al mausoleo, de los desconocidos que se acercaron para despedirse de Silvina, con una tristeza que no requiere explicación. Simplemente se siente.

Entre la impaciencia y la inquietud, todos esperan la llegada del cortejo fúnebre. Y los minutos transcurren en el silencio más respetuoso imaginable. El tono bajo de los cronistas, el canto de algún pájaro, el sollozo de las lágrimas, los motores de los autos que circulan por los caminos del cementerio. Hasta que se quiebra cuando una mujer avista a Fernando Burlando, abogado de Silvina, y la mujer emite un grito desde lo más profundo de su corazón: «¡Fuerza doctor, gracias doctor! ¡No nos abandone!». Va a ser el único grito de la tarde. De alguna manera, el pedido de justicia es el grito de todos.

El adiós a Silvina se desenvuelve entre una mezcla de sensaciones. Esa dualidad propia de los artistas, que invitan a la sonrisa pero fomentan el llanto fácil, y que en su caso se acentúa por la inexplicable muerte joven y la impactante sensación de injusticia. Por momentos, aflora la mueca divertida, esa simpatía que trascendió la pantalla y dejó huella. Enseguida, se impone la otra cara, esa que cambió a tristeza e indignación al conocer su historia oculta durante tanto tiempo, el sufrimiento que experimentaba en soledad hasta que decidió hacerlo público. Tal vez para sentirse más acompañada. Seguro, para que nadie vuelva a pasar por lo mismo que ella.

En la voz de María Inés se siente el lamento por la partida temprana de Silvina. «Podría ser mi hija. Cuando vi que estaba mal hace tiempo, me dio mucha tristeza, una chica tan joven, llena de vida, que quería ser mamá…», resume con amargura. Pero lejos de haber resignación, su tono transmite la firme convicción de que no quedará impune, que alguien pagará por lo que hizo con su cuerpo. «No fue solo ella, hubo otros casos que sufrieron a Aníbal Lotocki. Todo el mundo está consternado y pidiendo justicia. Y la condena social ya la tiene», sentencia.

El responso oficiado por el sacerdote versa sobre el evangelio según San Juan y el paso de Silvina a la eternidad. Y si a un artista lo sobrevive su obra, a ella la acompaña también el respeto que supo construir en tantos años en los medios. Y ni siquiera los aplausos son enérgicos, aunque realmente se necesiten para sacudir un poco el frío de una jornada invernal. Porque el sol también amaga con salir y opta por quedarse en un segundo plano. Tiene que ser de esta manera. Y está bien que así sea.

Después de los rezos y las bendiciones, llega el momento de la despedida final. Allí va el grupo de los allegados, liderados por Ezequiel, quienes ingresan el féretro con el cuerpo de Silvina al panteón. El último instante de intimidad, la conclusión que nadie quería vivir desde aquel 13 de junio, cuando la actriz ingresó al Hospital Italiano, como una etapa previa al trasplante de riñón que necesitaba para sobrevivir. Se cierran las puertas y solo pasan algunos minutos, que parecen una eternidad.

Cuando el portón vuelve a abrirse, las miradas dispersas se dirigen nuevamente hacia allí, a medida que el grupo desciende las escalinatas con paso decidido y ordenado. Gustavo Conti, amigo desde Gran Hermano y para siempre. Ángel de Brito y Cinthia Fernández, inseparables durante todo el entierro, conteniéndose y recordándola; Majo Martino y Locho Loccisano, hermanos del último tiempo y hasta el último día. Por ahí andan su expareja Manu Desrets, Pamela Sosa, expareja y luego denunciante de Aníbal Lotocki, y también Floppy Tesouro, con quien tuvo algún desencuentro en el pasado. No es momento de rencores ni de acumular asuntos pendientes irreversibles. Es la hora de que Silvina empiece a descansar en paz.

Ezequiel sale arropado entre sus seres queridos, con una mirada en alto con la que parece agradecer tanto respeto. El que cierra la fila es Burlando y el último adiós es pausado, sin apuro a pesar del frío. Como si estirar el dolor fuera una manera de combatirlo. El grupo de los allegados sale sin hablar con la prensa, ni siquiera los más mediáticos. Esto también fue un pedido de Ezequiel, comprendiendo y solicitando comprensión. Y de alguna manera, no es más que la cosecha de lo que supo sembrar Silvina.

Cuando se cierra la puerta del panteón, los camarógrafos recogen los cables, los reporteros guardan sus micrófonos y los cronistas apresuran anotaciones y llega el tiempo de ellos. Los desconocidos rompen filas solo cuando se lo permiten y llenan la puerta con sus gestos en pequeños ramos de flores. Porque la sobriedad es también una característica de este último adiós de Silvina. No hay coronas ostentosas ni figuras exageradas. La imagen es su foto sonriente, las flores de su gente y sobre todo, el silencio. Ese silencio que resuena en los oídos y que ahora lucha contra el traqueteo del teclado. Como si fuera más difícil encontrar las palabras. Como si la muerte de Silvina Luna, el dolor por su partida y la sensación de impotencia tuvieran alguna explicación.

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